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CAPITULO 3: BUNNY BOOM

  02/octubre/1992

  Seis meses habían pasado desde el día que se conocieron.

  El viento seco soplaba con rabia en las afueras de la ciudad de Nueva Rosita Coahuila, alzando remolinos de polvo que ara?aban la tierra cuarteada. Allí estaba Miranda de pie, sola en medio del descampado. Su respiración era lenta, medida, casi meditando. Los ojos entrecerrados, la mandíbula suelta, los músculos flojos, como si todo su cuerpo fuera una trampa esperando activarse.

  A unos quince metros, su arma reposaba en el suelo, quieta como un bichete muerto. Pero no lo estaba, parecía, pero no. Esa cosa nunca estaba dormida del todo.

  Alrededor de ella, botellas —seis— repartidas como blancos en un juego. Una en el techo del coche, justo al lado de Thiago, que estaba agachado con las manos manchadas de grasa y la cara fruncida de tanto esfuerzo. Reparaba el vehículo viejo que se habían pillado.

  Otra colgaba de la rama seca y retorcida de un árbol seco.

  Una más, apenas visible, en la cima de una loma lejana, tan lejos que le dolía la vista de intentar enfocarla.

  Otra, oculta tras una piedra enorme, fuera de su campo directo. Y la última… sumergida en un charco mugriento, con el vidrio medio hundido y el cuello asomándose apenas.

  Cerró los ojos por un instante. Respiró profundo.

  Y entonces levantó hacia el arma la mano. Hizo un gesto casi tierno con los dedos, como quien llama a un perro viejo.

  La pistola hizo una vibración mínima, después, se alzó un centímetro, flotando como si dudara y de pronto, sin aviso, salió disparada hacia ella con un zumbido en el aire.

  Un mes atrás, en uno de tantos encargos —una tontería de pueblo: llevar fruta, verduras y marihuana escondida bajo el olor a sandía — todo se había torcido. Thiago los conectó con unos tipos, quienes no hablaban mucho pero miraban demasiado. Cuando Thiago hacía su trabajo, ella, al quedarse en la base, intentaron manosearla, y como era de esperarse, al hacerlo, vieron el arma y se la quitaron.

  Thiago casi reventó y le rega?ó durante días. Que cómo la perdiste, que si no sabe lo que significa eso, si descubrían lo que ella podía hacer con el arma, le podrían hacer algo malo.

  Hasta que un día, justo cuando estaban planeando cómo recuperarla, lo deseó. Pero de verdad lo deseó, como un ni?o queriendo recuperar su juguete favorito. Extendió la mano y la pistola vino. Solita. No sin antes darle un porrazo a ella en el estomago sacandole el aire.

  Desde entonces, ninguna explicación servía, solo sabían esto: si Miranda quería el arma, venía.

  Ahora, cuando estuvo a punto de estamparse contra su pecho, se detuvo en seco y encajo perfecta en su mano.

  Sin pesta?ear, giró sobre sí misma.

  PIUM, PIUM, PIUM, PIUM, PIUM, PIUM.

  El sonido era seco. Una tras otra, las balas volaron con precisión.

  —La botella sobre el auto explotó.

  —La del árbol cayó girando, atravesada justo de la boca.

  —La de la loma rodó cuesta abajo.

  —La del agua… Oh, esa se partió aunque el agua se tragara el sonido como si la bala ignorara la física.

  —La única qué falló fue la que estaba detrás de la roca, jamás le daba a las que no podía ver.

  Thiago apenas levantó la vista, aún agachado. No dijo nada, ya estaba acostumbrado.

  El humo del ca?ón aún serpenteaba desde la boca del arma.

  Miranda ladeó la cabeza, vio que solo había fallado una. Sonrió, no una sonrisa bonita, una torcida, despareja, como de alguien que no sabe si está feliz o a punto de reír.

  La brisa caliente le apreciaba los brazos sudados. Desde que había recuperado esa cosa, no paraba de entrenar… De jugar más bien.

  Practicaba cada tanto, aunque el maldito ruido empezaba a molestarle. No solo llamaba la atención, —como esa vez que, practicando, alertó a unos policías, haciendo que huyeran de la ciudad en una persecución, pero al ser un Pueblito chico, lograron huir al ella disparar a un neumático— no: le zumbaban los oídos después, como si le dieran un martillazo siempre. Un día lo descubrió: el arma le respondía. Si quería silencio, las balas salían como suspiro.

  Si quería precisión, el disparo daba en el blanco, aunque apuntara con el culo.

  ?Y si pudiera hacer más? Cada tanto probaba cosas nuevas. Al parecer respondía, no tanto por lo que deseaba… sino lo que sentía. Y eso le asustaba un poco, tantito, no mucho.

  Thiago se secó las manos con un trapo ro?oso rojo y chasqueó la lengua, fastidiado.

  —Todavía no me acostumbro a esa maldita cosa —se secó el cuello.

  Miranda giró el arma en su mano, como si fuera un encendedor, y la sostuvo con una naturalidad que daba miedo. —Ji… ni yo — respondió sin mirarlo.

  Se cruzaron las miradas. Un segundo. Quizás menos.

  Ese coche lo habían conseguido por dos mangos, de algún imbécil o borracho. Un precio tan ridículo que sería pecado no comprarlo. El metal chilló al abrirse. El auto estaba hecho mierda, sí, pero servía. Al menos por ahora.

  Thiago sacó un par de cosas: una botella de Otracola, unas galletas medio rotas de cereales y elefantes (C&E).

  Miri rió apenas —Otro día, otra Otracola. —No pasa ni un día sin que tomes esa cosa. Hasta me hace pensar si tu mamita no te dio eso en lugar de pecho

  Thiago mientras bebía alzaba las cejas en burla.

  Comenzó a comer masticando con calma, viendo de reojo a Miranda.

  Ella seguía con su “entrenamiento”, aunque ya parecía más un jueguito de nena en el recreo. Corría de acá para allá, fingía que disparaba al aire, a las piedras, a los cerros. Posaba. Hacía muecas. Una ni?a con una pistola.

  Thiago negó con la cabeza. Volvió a la cajuela. Cada vez menos comida.

  La última compra había sido hace una semana.

  Suspiró y abrió la billetera. El billete más grande era un veinte arrugado.

  Desde hacía un mes los trabajos escaseaban. Los contactos empezaban a cerrar las puertas.

  Ya no había lugar para “gente suelta”, los narcotraficantes querían lealtad que los contrabandistas no daban; compromiso pues. Más sabiendo que ahora se peleaban el mercado negro con grupos guerrilleros —como la droga, la venta de armas, alcohol y la coyotería— que buscaban financiación para sus movimientos populares en toda la región y que sufrían ataques por parte de estos por negocios enfermizos como la prostitución, o la venta de órganos.

  Miranda se acercó. Sudaba como si hubiera corrido un maratón. Media sonrisa en la cara, entonces estiró la mano.

  Thiago le pasó la botella sin decir nada. La observó mientras bebía.

  —Se nos está acabando el dinero — dijo al fin, con voz seca.

  Ella bajó la botella y asintió despacio. —?Fiu! —exhaló —ya casi un mes sin trabajos —hizo un gesto con la boca, ese piquito de pato que usaba cuando pensaba.

  Había aprendido a ser una buena compa?era en estos seis meses y de qué iba el oficio de Thiago: el contrabando.

  Hacía de todo, menos pegarle a alguien. ?Matar? jamás.

  Su oficio podía resumirse así: mover cosas del punto A al punto B.

  animales, cajas, droga, armas… lo que fuera.

  Con los “rojos” — como Miranda les decía —, el último envío había sido de armas. Thiago los medio conocía bien, pero ella no preguntaba. Nunca preguntaba. él se lo había ense?ado: llevas, cobras, te vas. Punto, pero eso también se estaba apagando.

  —Creo que tendremos que vender el auto — respondió Miri.

  Thiago se rió y negó con la cabeza.

  —No, no, esto es el único techo que tenemos por el momento, nos irá peor si nos deshacemos de él. No nos queda de otra que trabajar el segundo oficio más antiguo del mundo.

  Miranda ladeó la cabeza. —?Qué quieres decir?

  él se puso serio, clavándole los ojos. —?Alguna vez has asaltado? Miranda se quedó en silencio. Frunció el ce?o. No necesitaba que le explicara nada.

  Un hombre trajeado con una corbata azul fue empujado con violencia contra la pared.

  Respiraba entrecortado, con el miedo rebalsándose los ojos. Intentó hablar. —P-por favor… no me hagas nada, te lo ruego…

  La súplica quedó colgando en el aire. Un golpe seco con la culata del arma le cruzó la frente como un apagón.

  Cayó al suelo de inmediato, con ese peso torpe y humillante de quien ya no puede defenderse.

  Miranda se agachó sobre él y le sacó la billetera.

  La abrió con impaciencia, revisando con los dedos rápidos, un poco desesperada. —Veamos qué tenemos aquí…

  papeles, recibos vencidos, documentos. Nada. Ni un solo billete. Solamente unas monedas sueltas, apenas.

  —Frunció el ce?o. —?En serio? Ugh. Pensé que tendrías algo… —se restregó la cara. —Demonios.

  Se guardó las monedas, pero algo llamó su atención: unos billetes arrugados al fondo. Miro rápido, sin mucho interés. Vio 4 boletos, parecían caros, después le tiró la billetera de vuelta al cuerpo desmayado, como quien arroja basura.

  Salió del callejón. Afuera, Thiago la esperaba, vigilando con los hombros en tensión. —?Y bien? —preguntó sin despegar la vista de la calle.

  Miranda bufó, le mostró lo que había conseguido.

  —Pensé que un tipo tan trajeado traería algo más, pero no. Solo unas monedas y estos boletos. Mira.

  Thiago tomó todo, lo guardó en silencio. Después, ambos recorrieron la calle con la mirada.

  El panorama era muy desolador. Negocios cerrados, ventanas tapiadas. Gente sentada en las aceras, con carteles de “CE BUSKA EMPLEO” escritos con plumón barato y muchísimas faltas de ortografía.

  Otros, simplemente tirados en el suelo: dormidos o rendidos, uno ya no sabía la diferencia. Mucha gente había perdido sus viviendas o no podían pagar la renta.

  Pocos autos pasaban, y los que lo hacían era quienes podían permitirse pagar gasolina. Ahora que el precio estaba por las nubes, por culpa de que el golfo pérsico se alió con Europa y comenzaron a poner aranceles a las importaciones a Estados Unidos, lo que repercutió en el precio de todo el mundo.

  El viento arrastró un periódico hasta sus pies. Thiago lo recogió con desgano y leyó el titular, arrugando el entrecejo: “debido al desempleo, el gobierno aprueba la reducción del salario mínimo. Los due?os podrán pagar lo que crean conveniente.”

  Suspiró y dobló el papel con brusquedad.

  —No, no… Esto está mal. Habría que asaltar a cinco de estos infelices solo para sobrevivir un maldito día.

  —Si asaltamos uno tras otro vamos a llamar la atención, ?no crees? —Miri miraba a los pocos transeúntes que deambulaban como zombis.

  —Sí. Tienes razón, si hacemos eso te encontrarán. — Thiago ya había llegado a esa conclusión, pero necesitaba decirlo en voz alta para no sentirse tan desesperado.

  Pasaron frente a un cine.

  Miranda se detuvo, observando el cartel de películas viejas, descoloridas por el sol.

  Thiago sacó los boletos que habían encontrado. —Tal vez podamos revenderlo. Ven, vamos.

  Se quedaron cerca de la entrada del cine, cazando con la mirada.

  Pasó un buen rato. Intentando atraer gente, ofreciendo los boletos. Pero nadie los quería o más bien, nadie podía pagarlos.

  Hasta que un tipo se acercó.

  —?Ey!… pero estas no son entradas para el cine —el tipo frunció el ce?o mientras inspeccionaba mejor.

  Thiago lo miró, curioso. —?No?

  —?No! Son para la función del circo Bunny Boom que está en la ciudad. Dicen que es el mejor espectáculo que ha llegado en a?os al estado. Dámelas todas. Te las compro.

  El entusiasmo repentino del hombre hizo que Thiago entrecerrara los ojos. Un segundo antes no mostraba interés, y ahora las quería todas… Sospechoso. Demasiado.

  Le arrebató el boleto de las manos y apretó los demás con fuerza.

  —Cambie de opinión. No vendo nada. Lárgate.

  El hombre indignado chasqueó la lengua, lo miró con desprecio y levantó el pu?o, como si pensara en golpearlo. Pero Miranda levantó la chaqueta apenas unos centímetros y dejó ver el arma.

  —?Púdrete, imbécil! —escupió el tipo, alejándose con insultos a media voz.

  Miranda sonrió y se cruzó de brazos. —Entradas para un circo… wow. Nunca he ido a uno.

  Thiago volvió a mirar los boletos, luego levantó la vista hacia la calle. —Ven. Vamos a ver si podemos venderlos cerca de allí.

  El circo se alzaba como una gigantesca catedral de lonas y luces.

  Una carpa roja y dorada de varios pisos de altura dominaba el centro, con banderas de conejitos ondeando en sus torres laterales. Su superficie era brillante, como si estuviera barnizada para reflejar destellos de los cientos de luces que la rodeaban. Estatuas de acróbatas y domadores decoraban la entrada, inmóviles, pero llenas de vida gracias a los colores vibrantes que las adornaban.

  El aire estaba impregnado de aromas dulces: palomitas de maíz caramelizadas, algodón de azúcar y el inconfundible olor de la madera quemada de los puestos de comida.

  Justo al frente de la entrada, dos mujeres vestidas con trajes de conejitas giraban y bailaban al ritmo de una música animada. Con movimientos elegantes, daban la bienvenida a los visitantes, sus sonrisas amplias y perfectas.

  —?Sean bienvenidos al circo más grande de todo el sur de los Estados Unidos! El circo de…—Redobles de tambores —?Bunny Boom! Pasen y disfruten de una noche de magia y maravillas —anunciaron al unísono.

  Thiago y Miranda observaron el lugar por un momento.

  La tarde caía justo detrás de la carpa. Los reflectores lanzaban destellos dorados y plateados sobre la entrada, haciéndola brillar como un tesoro.

  Desde el interior se oía una voz fuerte y animada, llamando a la gente para el primer acto.

  Thiago, decidió seguir buscando compradores para los boletos robados, pero Miranda no se movió. Algo la jalaba para dentro. No supo si era la música, las luces, la voz del anunciador… solo sabía que no quería irse. Definitivamente era su querer por ver un show tan hermoso.

  —Nunca he visto un circo. Jamás —musitaba.

  Y ahora, parada frente a esa entrada, sus ojos brillaron. —Quiero entrar —murmuró. Volvió en sí y comenzó a buscar a Thiago entre la gente.

  Lo encontró hablando con un par de personas. Ellos ya rebuscaban en sus bolsillos, sacando unos billetes arrugados.

  Miranda apretó los labios. ?No me lo voy a perder por nada?. Corrió hacia él sin pensarlo dos veces, lo tomó del brazo y lo jaló con fuerza. —Transacción interrumpida, lo siento. Ji, ji —canturreó con descaro mientras se lo llevaba.

  Los compradores los miraron confundidos sin entender nada, pero Miranda regresó corriendo, les sonrió con cinismo, arrancó los boletos de sus manos y les lanzó un beso antes de desaparecer entre la gente.

  —?Qué demonios haces? —Protestó Thiago, tratando de no tropezar.

  —Te dije que nunca he ido a un circo. Vamos a ver qué hay dentro… ya después vemos como conseguir dinero.

  Thiago iba a rega?arle, ya tenía la frase lista en la lengua, cuando algo lo interrumpió: Un empujón.

  —Lo siento —una mujer, vestida con un abrigo brillante, lujoso, posiblemente de algún animal que ya no se permitía cazar.

  Se quedó mirando, la fila frente a la carpa estaba llena. Mucha gente, demasiada. Gritos, risas, ansiedad. El bullicio solo crecía y crecía. Era toda la alcurnia de los alrededores del estado la que estaba presente.

  Y entonces lo pensó, vender las entradas era un error. Allí dentro, entre ese gentío, podían sacarse algo mejor.

  Pulseras, billeteras, joyas. Cosas que normalmente pierdes en lugares así, ?no?

  —Hmmm… Está bien. Entremos —dijo finalmente.

  Los ojos de Miranda se abrieron como platos. Sin decir nada, se lanzó sobre Thiago y lo abrazó con fuerza, besándole el cachete.

  —?Kya! ?Thiago, Thiago, eres el mejor!

  —Sí, sí… tranquila —gru?ó, pero el rojo en sus mejillas lo delató.

  Miranda rió. Le arrebató los últimos boletos de la mano y lo tomó del brazo con naturalidad, como si fueran una pareja —Así pasaremos desapercibidos.

  Thiago resopló, pero no se apartó. Giro los ojos y la cara ante la costumbre que ya tenia sobre la forma en que era su compa?era. Juntos caminaron hacia la entrada.

  Al cruzar la entrada, la atmósfera cambió por completo. Era como si hubieran entrado a otra dimensión. Bueno, al menos para Miranda. El suelo estaba cubierto por una alfombra de terciopelo rojo que amortiguaba los pasos, los techos eran tan altos que parecía tocar el cielo, adornados con banderines, luces de colores y trapecios que colgaban como estrellas.

  En el centro una pista circular dorada que relucía con cientos de focos incrustados en su borde. Alrededor, las gradas estaban llenas de espectadores emocionados, todos con sonrisas y miradas expectantes.

  Miranda no pudo contener su emoción. —?Es increíble!

  Thiago miró a su alrededor evaluando cada rincón. Este lugar era perfecto. Si jugaban bien sus cartas, no solo disfrutarían el espectáculo; saldrían con los bolsillos llenos de muchas cosas caras.

  —Escucha Miranda, esto es lo que haremos —comenzó a susurrarle el plan para robar una que otra cosa del lugar.

  Mientras tanto, en los camerinos, un hombre alto —alrededor de un 1.85 —se observaba en el espejo mientras ajustaba su traje con una precisión casi ritual.

  Su cuerpo, delgado, musculoso y esbelto, realzaba una elegancia natural que no necesitaba adornos.

  La piel de un tono moreno claro, acentuaba un atractivo mediterráneo. Sus rasgos eran definidos, simétricos, tallados con paciencia por algún dios caprichoso.

  Los ojos, de un avellana claro, profundos y serenos, tenían esa intensidad que obliga a los demás a mirarlo dos veces.

  el cabello, perfectamente peinado hacia atrás, sin entradas, lucia ondas suaves que enmarcaban su rostro.

  Y aunque recién afeitado, su piel conservaba la sombra tenue de una barba completa, ese rastro viril que le daba un aire maduro y sofisticado a pesar de tener apenas 25 a?os.

  Con meticulosidad casi obsesiva, terminó de acomodar la chaqueta y con un gesto sutil de mu?eca, se coló un sombrero. Por último, deslizó una capa roja sobre los hombros, dejándola caer con elegancia medida. Se miró al espejo y sonrió satisfecho.

  —Lucien, ya es hora —anunció una muchacha disfrazada de conejita playboy.

  —Claro ahí voy, Yolanda —su voz era profunda y tranquila. —Guapo, impresionalos —gui?ó al espejo.

  Las luces del circo se apagaron.

  Un murmullo atravesó la multitud, ansioso.

  El telón se alzó lentamente, revelando un escenario repleto de luz y color. En el centro estaba él.

  —Wow… qué hombre más guapo —dijo Miranda, sin pesta?ear.

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  Thiago murmuró lo mismo, pero sobre las bailarinas con orejas de conejo, pero más como venganza hacia su amiga, pero un codazo de Miri lo interrumpió. —?Auch! —fue lo único que alcanzó a decir antes de que el espectáculo comenzara.

  —?Bienvenidos, damas y caballeros! —tronó la voz de Lucien, amplificada por los altavoces, envolviendo el aire. —Esta noche de… Miércoles… ?Jueves? Bah, qué importa. ?En Bunny Boom no hay tiempo!

  Un redoble de tambores le siguió el ritmo. El público estalló en aplausos. Las luces se enfocaron en el centro del escenario.

  y entonces, el grupo de bailarinas bailó con gracia y precisión. Parecían flotar, sus cuerpos dibujan arcos perfectos en el aire, como mariposas danzando en un campo de flores. Algunas se elevaban en puntas con una precisión impecable, mientras otras ondulaban los brazos como ramas meciéndose al viento. Sus vestidos de telas vaporosas y colores pasteles se movían en armonía con cada giro, reflejando la luz y envolviendo el escenario en una sinfonía de colores y movimiento.

  Un delicado aroma a flores frescas y dulces exóticos flotaba en el aire, mezclados con la música.

  Lucien, disfrutando del asombro del público. Sin embargo, en medio de la exquisita coreografía, una de las bailarinas tropezó y cayó al suelo. Un murmullo recorrió la audiencia, seguido de risas contenidas.

  —?Un peque?o tropiezo, —Lucien alzó la ceja —pero no hay problema! —anunció. —?Nuestros queridos paramédicos ya vienen por ella!

  En ese instante, los payasos irrumpieron en el escenario con su característico humor. Uno de ellos corrió hacia la bailarina caída y le lanzó un chorrito de agua con un globo. La bailarina, sorprendida y un poco molesta, le dirigió una mirada desafiante.

  El payaso, sin inmutarse, continuó con su número y comenzó a corretear alrededor de ella. La bailarina intentó perseguirlo, pero en su esfuerzo tropezó de nuevo, provocando una carcajada general en la audiencia.

  Thiago ojeó entre el público justo cuando todos se pusieron de pie.

  No lo dudó: él también se levantó y comenzó a surcar la multitud con la naturalidad de un pez cardumen.

  Sus manos se deslizaban con precisión quirúrgica entre bolsillos, bolsos, joyas, aretes y billeteras.

  Todo lo valioso desaparecía entre sus dedos sin que nadie lo notara.

  Era un artista del hurto, demasiado bueno con las manos, un don que cualquier novia querría.

  —?Jajaja,! —Miranda reía a carcajadas, pero de inmediato se cubrió la boca con la mano, intentando contenerse, justo cuando él regresó y con solo una mirada le dijo que su parte estaba hecha.

  Siguieron observando el siguiente acto: una foca, montada sobre un jodido caballo, que a su vez caminaba sobre un trapecio.

  El absurdo era tan perfecto que Miranda no podía dejar de mirar.

  El espectáculo avanzaba hacia un nuevo clímax, y la multitud volvió a levantarse, distraída por el riesgo y el espectáculo.

  Era su turno.

  Miranda se incorporó y se movió hacia el lado contrario de Thiago.

  Cartera que encontraba, manito rápido. Lo valioso al bolsillo, el resto pa’ fuera. Nada de acumular. Sólo lo útil.

  Llegó al extremo del pasillo, vio una máquina de comida.

  Sus ojos se abrieron con un brillo infantil. —Comida… —tocó su estómago, ciertamente eso se veía mas apetitoso que la poca comida que llevaban semanas comiendo. Ya solo comían 2 veces al día en el mejor de los casos.

  —Para ti — dijo al regresar. Ofreciéndole una caja de nachos y un bote de palomitas.

  Thiago soltó una carcajada. —Jajaja. —Lo tomó. Lo primero que hizo después de robar, fue comprar comida. Miranda se sentó a su lado, lo observó por un segundo, y sin decir nada le tomó el brazo para acomodarse. Pesta?eando muchas veces directo a los ojos, sonrojada. él por su parte solo se limitó a mirar a otro lado, un poco avergonzado.

  Siguieron viendo el espectáculo. Un poquito más ricos que cuando entraron.

  Las luces del circo se apagaron de golpe. El silencio cayó como un manto sobre la audiencia, que contenía la respiración con los ojos abiertos.

  Un instante después, un único haz de luz iluminó el escenario, revelando la figura musculosa de Lucien en el centro. Su capa roja ondeó levemente mientras abría los brazos.

  —Bueno… estoy seguro de que todos ustedes se mueren de ganas de formar parte del espectáculo, ?no es así? —anunció con una sonrisa afilada. —Así que esta vez haremos algo muy, muy, muy especial… ?Algunos afortunados podrán unirse a la función!

  Redoble de tambores en la carpa. Su sonido profundo y vibrante hizo que el público contuviera el aliento. Las luces volvieron a moverse entre la multitud, danzando sobre los rostros, saltando de espectador en espectador.

  El tambor sonó una última vez en seco.

  El foco se clavó sobre ellos. Thiago sintió un escalofrió recorrerle la espalda. A su lado, Miranda dejó escapar un grito de emoción antes de abrazarlo con fuerza. Sabía que intentaría escapar. No lo dejó.

  —?Hum! ?Tenemos unos tortolitos!

  El público aplaudió maravillado. Un grupo de jóvenes conejitas se acercó a ellos. Los tomaron con delicadeza por los brazos y los guiaron hacia el escenario, entre sonrisas encantadoras.

  Thiago podía sentir las miradas clavándose en él. Lo evaluaban. No le gustaba nada, ni un poco. ?Qué tal si haciera algo que hacia que tiraran las joyas?

  Al llegar al centro de la pista, Lucien comenzó a rodearlos. Los observó con atención, como si fueran nuevos juguetes.

  —?Vaya, vaya!… ?Qué tenemos aquí? —su tono era juguetón y la sonrisa lo delataba.

  Thiago supo de inmediato que no podía dar el nombre real.

  —Jefferson —sonrió falsamente. Tenía que fingir.

  Miranda entendió al instante y no dudó. —Meredi —dijo con un tono encantador, lanzándole una mirada traviesa a Lucien.

  Lucien alzó las cejas, complacido.

  —?Qué nombres tan encantadores! ? Un gran aplauso para ellos!

  El público estalló en vítores. Los tambores acompa?aron con estruendo alegre.

  —Vengan conmigo —Se?aló al centro exacto del escenario. Y por supuesto, Miranda estaba encantada. Entusiasmada como una ni?a frente a una pi?ata.

  —Bueno, Jefferson y Meredi, déjenme preguntarles, ?cuánto llevan como pareja?

  —?Un a?o! —gritó Miranda sin pensarlo. Llevándose las manos a los cachetes cerrando los ojos. Ni siquiera necesito micrófono porque todos la escucharon.

  Thiago, rojo hasta las orejas, solo pudo reír; ser el centro de atención no era lo suyo. Ambos cruzaron miradas. Miranda lo había dicho para mantener la cuartada, pero notó el sonrojo real de Thiago. Eso la hizo ponerse seria y sonrojarse también, por suerte Lucien los interrumpió.

  —?Un a?o, eh? —repitió Lucien sonriendo. —?Y díganme… son de esta hermosa ciudad?

  —No, —respondió rápido Thiago. —Somos de Murquiz. Venimos de paso para ver el espectáculo. —intentó sonar casual.

  —?Jajaja!… Debo sentirme halagado entonces. Bueno, amiguitos, el siguiente número será especial. Se trata de que le muestren al público su mejor talento. Y no, no se vale doblar la lengua. —Peque?as risas comenzaron entre el publico.

  Lucien acercó el micrófono al rostro de Thiago. —Dime, Jefferson… ?Qué talento tienes?

  —Eh… bueno, sé bailar.

  —?Vaya, vaya! ?Tenemos que comprobarlo con una de nuestras chicas!

  Hizo un gesto elegante, y Yolanda se acercó. Miranda cruzó los brazos, sorprendida y claramente enojada.

  La mujer que venía era realmente hermosa, aunque no tanto como ella, con el tipo de belleza que hacía que cualquier otra fémina sabría que un hombre notaría. Cabello pelirrojo, piel como pollo y pecosa, curvas firmes, sonrisa afilada. Pero sintió algo raro, notó que la mujer no miraba a Thiago, sino a ella, de arriba a abajo.

  Thiago sonrió de más y eso solo encendió más la chispa en Miri.

  —Tranquila, linda —Yolanda le gui?ó un ojo a Miranda, mientras se acercaba. —Te lo devolveré sin un solo pelo robado… buenó, tal vez solo uno. —Le arrancó a Thiago y lo agitó como trofeo. El público estalló en carcajadas.

  Comenzó entonces una especie de duelo improvisado.

  Ambos, Thiago y la bailarina, compitieron en una coreografía a dúo.

  Thiago no mentía: tenía un talento natural para moverse. Preciso, Elegante, con el ritmo en las caderas y el alma en los pies, gracias a su destacada pasión en el fútbol.

  Quince minutos después, Yolanda se rindió con una reverencia teatral.

  El público aplaudió sin parar.

  —?Qué maravilloso muchacho! ?Pido un aplauso para él! —anunció Lucien.

  —Que sean diez —Thiago jadeaba sonriendo.

  —?Diez? ? Y eso por qué? —Lucien fingió sorpresa.

  —Cinco para mi y cinco para Yolanda — El público aplaudió.

  —?Demos diez aplausos a los bailarines! —gritó Lucien al micrófono.

  Aplausos. Silbidos. Más tambores desbordaban el espectáculo.

  Thiago, no es que fuera el estereotipo argentino de postal —odiaba el mate con toda su alma. —pero recordó como bailaba con su madre al tango de ni?o, algo dentro de él se sintió… Bien. Bailar en ese lugar, bajo esos focos.

  Lucien, danzando con peque?os saltitos y la capa ondeando, imitando a Thiago, se acercó a Miranda.

  —Bueno, muchachita —tarareó con la música de fondo. —?Y tú? ?Qué talento tiene un peque?o ángel como tu?

  Miranda se quedó callada. No tenía un talento convencional o bueno… Si, pero no estaba segura de mostrarlo.

  Miró a Thiago. Puede que fuera la magia del sitio o simplemente estaba demasiado eufórico, pero asintió con la cabeza, no habría problema. Total, solo seria hoy y después se irían de esa ciudad. Nadie lo creería.

  Miranda sonrió y sacó el arma. —Puedo darle a cualquier cosa con mi pistola de salva.

  La cara pálida de Lucien se tornó evidente. — ?Wow! ?Es… falsa, verdad?

  —Oh, Sí, sí,sí,sí —asintió demasiado. El público carcajeó. Lucien también pero más por nervioso.

  Miranda no se quedó ahí. —Puedo darle a ella en la cabeza, sin peligro. —Se?aló a Yolanda.

  Lucien dio un paso atrás y apartó el micrófono de su cara. —?Estás segura de lo que haces, chica?

  —No te preocupes. Lo he hecho muchas veces —le mostró el arma —?Crees que traería algo como esto si no supiera usarla? —sonrío y alzó la ceja.

  Lucien dudó, pero antes de decir nada, Yolanda se acercó. —No te preocupes. Lo haré —no dejaba de mirar a Miri.

  —?Yolanda, estás segura? puedo ir yo…

  —Claro. Será divertido… creo. —Yolanda sonrió con los dientes apretados. Puso sus manos en su cintura ladeando sus caderas para mostrar su figura a Miri —además, quiero ver de lo que es capaz esta lin-du-ra. —un payaso arrojó una botella de plástico al aire. Yolanda lo atrapó sin apartar la mirada de Miri, soltando un chillido leve. —?Oh!

  Caminó hasta el extremo opuesto del escenario. Se paró derecha, con la botella en la cabeza. Su mano temblaba. Claro que sí. Estaba nerviosa, pero sabía que un buen show necesitaba riesgo y los accidentes… Bueno, eran parte del oficio.

  Miranda se colocó en el lado opuesto. Los tambores comenzaron a sonar. Las luces giraban. El público estaba en vilo.

  —A la cuenta de tres — dijo Lucien. —?Tres! —tambores — ?Dos! —tambores mas rápido — ?Uno!

  ?PUM!

  Tras el último redoble, Miranda alzó el brazo. La bala cruzó el escenario como un rayo. Le arrancó la botella a Yolanda. Justo en el pulgar y el índice.

  El objeto cayó al suelo con un leve golpe seco.

  El humo del ca?ón aún flotaba en el aire. El olor a pólvora lo llenaba. El público se quedó en silencio. Un latido y luego explotó.

  —?Aplausos para estos talentosos muchachos! —gritó Lucien, con el corazón en la garganta.

  Yolanda seguía quieta, los ojos abiertos, sintiendo el calor de la bala entre sus dedos. ?E-era una bala de verdad?. No se meó encima por profesional, pero Dios… acababa de besarle la cara a la muerte y sin embargo… sonrió, río para no preocupar a su público.

  Lucien despidió a los “tortolitos” con honores. Unos payasos les entregaron globos en formas de animales y un peluche rosa a Miranda.

  —Son buenos. Tienen talento —Yolanda se acercaba a Lucien, sobándose aun la mano por el ardor. —Muy novatos, pero podrías contratarlos, para llenar las vacantes.

  —Viste sus ropas. No parece que sean como estos riquillos —Lucien se quedó pensativo unos segundos. —Búscalos al final del espectáculo.

  —Se?or, ?si, se?or! —Yolanda hizo una pose ridícula de soldado y corrió entre bambalinas con una risita.

  El espectáculo continuó como si nada. Un gigantón levantando pesas imposibles. Un enano domando un león.

  Todo el mundo comenzaba a salir del circo, entre susurros, risas, pláticas que la gente suele dar al final, conversando las maravillas que acababan de ver.

  Miranda se compró otro algodón de azúcar enorme. Thiago estiró la mano, queriendo un poco, pero lo fulmino con una mirada de bestia posesiva, la boca sucia de azúcar y los ojos entrecerrados como si estuviera defendiendo la ultima carne en una isla desierta.

  —?Ni lo pienses! —gru?ó, mostrando los dientes, pegando el algodón a su pecho. Thiago retrocedió. Y entonces apareció Yolanda.

  —?Ey chicos! ?Esperen un minuto! —gritó, acercándose.

  —Mierda. Tsk —murmuró Miranda entre dientes. —?Sabrá lo qué hicimos?

  —No. Si fuera así, no vendría sola —susurró Thiago, tomándola del brazo y forzando una sonrisa. —?Ey! ?Hola!

  —?Fiu! Casi se me pierden. —Yolanda tomó aire unos segundos. —Nuestro maestro de ceremonias, el gran Lucien Everheart quiere hablar con ustedes. ?Pueden venir conmigo?

  —?Exactamente que quiere preguntar? —inquirió Miranda, ya desconfiada.

  Yolanda no respondió de inmediato.

  En lugar de eso, se inclinó como una reverencia teatral, y sus tetas temblaron con el movimiento. El encaje apenas lograba cubrirle los pezones.

  Miranda juró ver el borde de una aureola, una curva rosada que se deslizaba debajo de la tela.

  Thiago también la vio, claro, pero la verdad no le prestó mucha atención.

  Miranda lo cachó de inmediato y sin decir nada, le tapó los ojos con una mano. Mas Yolanda hizo ese gesto para que Miri viera sus tetas, no Thiago.

  Se llevó el dedo índice a los labios con un gesto pícaro, cerró un ojo y entonó una voz aguda. —Je, je… es una sorpresa que les va a gustar.

  Sin dar más explicaciones, les tomó de las manos.

  —?Ey! ?ey! Espera —dijeron ambos al unísono, pero ella ya los arrastraba como a dos adolescentes al backstage.

  Los empujó dentro de una sala con una carcajada melosa.

  —?Todos tuyos! —Cerró la puerta con un portazo.

  Lucien estaba en una silla girando sobre sí mismo con elegancia.

  Estaba rodeado de papeles, tazas de café medio llenas. —Gracias por venir, chicos.

  Ambos quisieron responder que no lo habían hecho por voluntad propia, pero preferirían no ser groseros. Solo asintieron con sonrisas tensas. Lucien levantó la botella agujereada por Miranda, de la cual la bala había desaparecido.

  —Un tiro como este no se ve todos los días. Le gustaste al público. Tienes el ojo de un halcón, Meredi.

  —Je, gracias —Miri cruzó los brazos y sonrió con humildad.

  —Verán… trataré de ser directo. Lo que hacen es… genial. Nosotros no solemos reclutar gente, pero ustedes son interesantes, divertidos. Nos interesan.

  —No somos de aquí —interrumpió Thiago con tono seco. —De hecho, ya pensábamos irnos.

  Lucien frunció los labios, decepcionado. —?En serio? Qué lastima… Bueh, ?Qué se le va a hacer?… si cambian de opinión, pasen ma?ana. Les pagaremos muy bien. Nada mas avisen a la taquillera para que les deje pasar. — Les tendió dos boletos.

  Thiago los tomó sin mirarlo mucho. —Claro — sonrió, y abrió la puerta para retirarse.

  Mientras caminaban por el pasillo de salida, con el bullicio del público alejándose a lo lejos, Miranda murmuró —?Por qué no aceptaste?

  —Es demasiado peligroso. Ya vieron lo que haces con el arma. No sabemos qué harían si descubren lo que es en realidad.

  Miranda volvió a hacer el pico de pato. Tenía razón.

  Mientras caminaban, Miranda esquivaba los charcos mugrientos de la banqueta rota, pateando botellas vacías con la punta de las botas.

  La noche era húmeda y olía a ca?o abierto.

  Sus pensamientos giraban en bucle, como perro mordiéndose la cola. El puto dinero.

  —?Sabes, Thiago? —dijo, de pronto. —Estaba pensando… necesitamos mucha plata, plata, plata.

  —Ajá

  —Y si ya le estamos robando a la gente… ?Por qué no robamos algo más grande?

  Thiago giró la cabeza. La miró como si no estuviera seguro de haber oído bien.

  —?Te refieres a un tipo rico?

  —No… aunque eso sería una buena idea — agregó, llevándose una mano a la barbilla. —Me refería a un local. Algo fijo. Como ese cine viejo, por ejemplo. Un golpe rápido, ?No crees?

  Thiago se detuvo. —No es tan fácil como crees.

  —Pero con lo que robamos, solo tendríamos para unos quince días. Tú has visto cuanto se ha devaluado todo.

  —Ni vendiendo el auto podríamos llegar a fin de mes… Umm, si, con esto de que todos andan vendiendo sus cosas de valor.

  —incluso si vendía el coche —ese cascajo que apenas andaba

  Eso solo significaba solo una cosa: el reloj se agotaba.

  Cuando ya no hubiera que vender, vendría el caos. La violencia; Las cuchillas; los saqueos; los “accidentes”; las guerras culturales de mierda; las batallas entre barrios; los cabrones con hambre tirándose a matar por una bolsa de pan duro. Y ellos tenían que adelantarse a eso.

  Un golpe grande. Uno solo, pero que les diera para mínimo seis meses.

  Thiago se quedó callado. Llevó la mano a la quijada y la frotó como si pudiera rascarse una idea.

  Miranda lo observaba, expectante. Entonces, sin aviso, lo soltó.

  —?Y si robamos el circo?

  Miranda parpadeó. —Me lees la mente. Je.

  Sobre el techo oxidado de un edificio cercano, donde la vista al circo era perfecta. Habían dos figuras recortadas por la luz de la luna. El aire espeso resoplaba a ambos.

  Un hombre corpulento, de unos cuarenta a?os, bajó los binoculares con gesto lento, casi perezoso.

  —Está todo listo para que vengan ma?ana —preguntó con voz ronca, como si tuviera grava en la garganta.

  Junto a él, un hombre negro, de piel curtida y cabello rojo sangre, apagó su cigarro con los dedos sin siquiera pesta?ear.

  El resplandor de la luna le pintaba el rostro con sombras largas, y en sus ojos no había nada suave.

  —Yes. Our amigo se encargará de que no tengan opción.

  Silencio.

  Un silencio espeso, como si incluso las ratas del techo se hubieran quedado quietas.

  El hombre asintió una vez, breve. —Bien.

  Ambos desaparecieron entre las sombras del tejado, tragados por la oscuridad.

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