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07. Encuentro (Parte 1)

  El sol brillaba en lo alto del cielo mientras caminaba entre la multitud. Sostenía el teléfono contra mi oído, y la voz de Haruka sonaba nítida al otro lado de la línea.

  —Mochi, recuerda pasar ma?ana por la sede de OHRA para que te asignen un equipo para las próximas misiones.

  —?Haruka, realmente no puedo hacer equipo contigo?

  —No. Ya me lo dejaron bien claro.

  —Bien… ma?ana pasaré por allí. Bueno, te dejo, Haruka. Tengo que hacer las compras para esta noche. Mis padres estarán de viaje por tres días, así que me toca prepararme la cena yo sola.

  —Debo suponer que tienes planeado comprar muchos dulces y quedarte despierta hasta tarde jugando videojuegos.

  —?Exactamente!

  —Uff… —Haruka soltó un suspiro resignado—. Está bien. Nos vemos ma?ana, Mochi.

  Colgué la llamada con una sonrisa. Ahora solo me quedaba hacer las compras. Para el almuerzo de ma?ana planeaba preparar curry; hacía bastante que no lo comía, y de solo pensarlo se me hacía agua la boca.

  Por eso vine a esta calle comercial. El lugar estaba lleno de peque?os puestos que vendían de todo: verduras, frutas, pescados, dulces, condimentos... A diferencia de las tiendas normales, aquí se podía regatear el precio. Jejeje… ?pienso bajar el precio de todo lo que compre! Así gastaré lo menos posible del fondo que me dejaron mis padres para estos días, y podré quedarme con lo que sobre. ?Es un plan perfecto!

  El ambiente era alegre y bullicioso. Esta calle era peatonal, y el sol iluminaba cada rincón con calidez. Las personas iban y venían con bolsas llenas, charlando animadamente. Las mujeres mayores se movían como torbellinos entre los puestos, compitiendo ferozmente por los productos más frescos. Aprendí por las malas que esa zona era un campo de batalla… tengo flashbacks cada vez que las veo, no cometere el error de interponerme entre ellas y las ofertas otra vez.

  Bien, deja de distraerte, Mochi. Primero voy a comprar las verduras. Según recuerdo, hay un puesto al final de la calle donde las venden a buen precio.

  —?Oh, peque?a Noa! ?Hace tiempo que no te veía por aquí! ?Ven, ven!

  Una de las se?oras del mercado me reconoció y comenzó a hacerme se?as con entusiasmo. Me acerqué con una sonrisa algo apenada.

  —Hola, se?ora. Sí, estuve muy ocupada con tareas de la escuela y no pude venir antes.

  —Oh, ya veo. Todos por aquí te extra?amos mucho… toma, esto es un regalo de mi parte —dijo, extendiéndome una bolsa con una gran sonrisa.

  La mujer me dio algunas verduras frescas como regalo. Las acepté con una sonrisa, charlamos un poco y, tras despedirme, avancé unos pasos más… hasta que me detuvieron otra vez.

  —?Noa, Noa! —me llamó otra voz—. ?Hace tiempo que no te veía!

  Esta vez era un anciano del mercado, el due?o de un puesto de pescados. Siempre me había caído bien. Los pescados que vende son muy frescos, él mismo los pesca todas las ma?anas.

  Al igual que la se?ora anterior, él también me regaló algo: un par de filetes envueltos en papel. Después de charlar un poco, me despedí… pero la historia se repitió. Una vez. Y otra. Y otra.

  Cuando me di cuenta, tenía los brazos llenos de mercancía. Recordé cómo, cuando era ni?a, mamá solía traerme con ella a este mismo mercado. Ella decía que con mi carita tierna conseguíamos muchos regalos. Parece que esa táctica aún funciona.

  This text was taken from Royal Road. Help the author by reading the original version there.

  Para cuando finalmente llegué al puesto que tenía en mente al principio, ya tenía todas las verduras que necesitaba. No fue necesario comprar nada.

  El sol ya comenzaba a ocultarse, pintando la calle con tonos naranjas y dorados.

  

  Me di la vuelta y empecé el camino de regreso. Guardé todo lo que había recibido en mi bolsa de compras. Terminó bastante pesada. Si hubiera sido la antigua yo, seguramente me habría costado cargarla. Pero ahora no tanto.

  Después del incidente en el túnel, Haruka me obligó a tomar clases de boxeo. Decía que debía aprender a defenderme, a combatir. Al principio me quejé, pero ahora... me siento más fuerte. Bueno, aunque siendo honesta, unos pocos días de entrenamiento no me convirtieron en una experta, y de hecho la bolsa todavía pesa bastante.

  Intenté verlo como una sesión extra de entrenamiento de fuerza, y continué caminando sin apuro. La brisa era suave, y el cielo, pintado de cálidos colores, resultaba muy relajante.

  Todo era tranquilo… hasta que algo me llamó la atención al otro lado de la calle.

  Un grupo de personas estaba reunido alrededor de algo, aunque desde mi posición no lograba ver qué era. La curiosidad me hizo detenerme.

  Pronto, algunas personas se apartaron, y entonces lo vi.

  Era un hombre vestido de payaso. Llevaba un gran ramo de rosas, y parecía estar regalando estas flores a quienes pasaban. En teoría, una escena normal.

  Pero algo no estaba bien.

  No sabría cómo explicarlo. No fue miedo, no al principio. Fue más bien un cosquilleo en la nuca, una presión en el pecho. Como si el aire a mi alrededor se volviera más denso, más pesado. él no estaba haciendo nada malo. Ni siquiera me miraba. Solo entregaba flores. Silencioso. Tranquilo.

  Pero cada fibra de mi cuerpo me gritaba: vete. Ahora.

  Mis manos se apretaron por reflejo. No lo miraba directamente, pero no podía dejar de verlo. Su figura, sus movimientos, el contraste grotesco entre la sonrisa pintada y lo que mi instinto percibía... Era como ver una fotografía rota: a simple vista parece normal, pero cuanto más la observas, más evidente es que algo no encaja.

  Y entonces, por una fracción de segundo... me pareció que me miraba.

  No se movió. No sonrió más. Solo… me miró.

  Y ahí sí sentí miedo.

  Al hacer contacto visual, me sentí aturdida. Como si me perdiera en sus ojos. Como si una niebla espesa se colara por mi mente y me empujara fuera de mí.

  Todo se volvió borroso.

  Fue como desconectarme de mi propio cuerpo por unos segundos. Un zumbido leve me llenó los oídos. Sentí presión, como si estuviera bajo el agua… o atrapada en una pesadilla.

  Cuando parpadeé… ya estaba frente a él.

  Mi corazón dio un vuelco.

  No entendía cómo había llegado allí. No recordaba haber cruzado la calle. No recordaba el tráfico, ni el ruido, ni mis pasos. Nada.

  Solo estaba allí. De pie. A centímetros de él.

  —Toma —dijo con voz rasposa, estirando una rosa hacia mí.

  No reaccioné. Mi cuerpo se movió por sí solo. Mis dedos ya rodeaban el tallo antes de que pudiera pensar.

  Y entonces lo vi de cerca.

  Sus ojos.

  No parecían humanos. Eran dorados. Intensos. Fríos. Los ojos de un depredador observando a su presa, esperando el momento exacto para saltar. No parpadeaba. Ni una vez.

  Su boca, en cambio, sí sonreía. Una sonrisa demasiado amplia, antinatural. Los dientes, amarillos y torcidos, asomaban entre los labios pintados.

  Bajé la vista.

  La rosa.

  Estaba marchita. Negra. Como si llevara semanas muerta.

  Y ahí… desperté.

  Todo volvió de golpe. El ruido de la calle. El calor del sol sobre mi piel. El latido frenético en mi pecho.

  No dije nada. No lo pensé.

  Solo me giré… y corrí.

  Corrí como si algo me persiguiera. Como si cada segundo de duda pudiera sellar mi destino. Me metí entre la gente, esquivé autos, doblé esquinas sin mirar.

  Corrí hasta que mis piernas ardieron. Hasta que sentí que ya no podía más.

  Corrí hasta llegar a casa.

  Cerré la puerta con fuerza. Apoyé la mano temblorosa sobre la cerradura y me quedé allí, respirando entrecortadamente. El pecho me subía y bajaba como si tuviera un tambor dentro.

  Estaba a salvo.

  Eso creí… hasta que bajé la mirada a mi mano.

  Todavía sostenía la rosa.

  Mi estómago se revolvió. Sin pensarlo, crucé la habitación y la arrojé al tacho de basura.

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