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Capítulo 117 - Danza Interna, Roce Urbano

  Sección 1: La Sugerencia y el Escenario

  La quietud en la habitación de la posada era casi palpable. Había pasado un día desde la primera y agotadora sesión de "aclimatación" con la energía del Guardián. Martín se sentía... extra?amente en calma, pero era la calma del ojo de un huracán. Sabía que la tormenta seguía allí, contenida tras las frágiles barreras de su voluntad y el tenso pacto forjado en su mente. Había dormido, sí, un sue?o pesado y sin sue?os inducidos, pero su cuerpo se sentía rígido, como si cada músculo recordara la tensión extrema de contener aquel fuego líquido.

  Estaba intentando seguir una serie de estiramientos básicos que había visto hacer a Althaea, pero sus movimientos eran torpes, desconectados. Su mente, tan acostumbrada a analizar flujos de datos y líneas de código, luchaba por encontrar la armonía con su propio físico. La intensa concentración requerida para mantener el "cortafuegos" mental parecía haber creado una disonancia con su cuerpo.

  Althaea lo observaba en silencio desde el rincón donde repasaba el filo de uno de sus cuchillos de caza con una piedra de afilar. Sus ojos ambarinos no juzgaban, simplemente evaluaban. Dejó la piedra a un lado y se acercó a él.

  "La mente es fuerte, Martín," dijo suavemente, su voz un contrapunto tranquilo a la tensión que él sentía. "Luchaste bien ayer, allí dentro." Hizo un gesto hacia la cabeza de él. "Contuviste la tormenta. Pero el cuerpo..." Su mirada recorrió la rigidez de sus hombros, la forma en que sus músculos parecían agarrotados. "Es el recipiente. Si se quiebra por la presión interna, o si se olvida de cómo moverse con agilidad, todo lo que contienes se derramará igual."

  Se detuvo frente a él. "Ayer te enfrentaste a la furia. Hoy," continuó, su tono práctico pero firme, "debes recordar cómo moverte con la corriente de la vida, no solo cómo construir presas contra ella. El cuerpo necesita recordar su propia danza." Le sostuvo la mirada. "Los Campos de Entrenamiento del Gremio... tenemos acceso, ?verdad? Rango C."

  Martín parpadeó, sorprendido por la sugerencia. Había estado tan centrado en la batalla interna que había descuidado por completo la necesidad de mantener su forma física, algo que había sido crucial para su supervivencia hasta ahora. La idea de volver a un entrenamiento físico real, después de la abstracción agotadora de la meditación, tenía sentido. Era... terrenal. Necesario.

  "Sí," asintió, enderezándose. "Tienes razón. Mi cuerpo se siente como... un traje prestado y mal ajustado ahora mismo." La idea de moverse, de sudar, de sentir el esfuerzo físico de una manera diferente, le resultó extra?amente atractiva. "Vamos."

  Acordaron la coartada con Thorian antes de salir ("Calibración de respuesta neuromuscular post-fluctuación energética en entorno controlado," había murmurado el enano, ya perdido en sus propios cálculos), y se dirigieron hacia la sección del complejo del Gremio designada para los afiliados de rangos inferiores.

  Los Campos de Entrenamiento para Principiantes no eran tan opulentos como las salas superiores, pero eran vastos y funcionales. Se trataba de un enorme espacio subterráneo, iluminado por grandes globos de cristal que emitían una luz blanca y uniforme, imitando un cielo nublado perpetuo. El aire olía a sudor, a polvo de arena y al leve ozono de los hechizos de práctica. Había varias arenas delimitadas para sparring, hileras de mu?ecos de entrenamiento con aspecto desgastado, y zonas designadas para el lanzamiento de cantrips básicos contra dianas rúnicas que absorbían la energía.

  Un murmullo recorrió el lugar cuando entraron. No era solo Martín, cuya llegada a Lumina y rápida (aunque anómala) finalización de misiones ya debía ser tema de conversación en los círculos de bajo rango. Era la presencia de Althaea a su lado. Alta, musculosa, con la confianza tranquila de una depredadora y la lanza asegurada a su espalda, su herencia Shatra era inconfundible y marcaba un contraste brutal con los aspirantes humanos, los aprendices elfos de aspecto delicado y los pocos enanos y gnomos que practicaban allí. Las miradas que recibieron iban desde la curiosidad abierta y el asombro hasta la hostilidad velada y el miedo apenas disimulado. Eran, sin duda, los bichos raros, la anomalía y su guardiana bestial.

  Ignorando las miradas y los susurros, Althaea guio a Martín hacia una de las arenas de práctica más apartadas, un círculo de arena compacta rodeado por una baja barrera de contención.

  "Aquí," dijo Althaea. Descolgó su lanza de combate de la espalda, apoyándola cuidadosamente contra la barrera, y tomó en su lugar una lanza de práctica del estante cercano: madera endurecida con la punta roma, dise?ada para entrenar sin causar heridas graves. Se plantó en el centro de la arena, adoptando una postura baja y equilibrada.

  "Sin trucos internos hoy, Martín," dijo, su voz resonando ligeramente en el espacio abierto. "Sin código parpadeante, sin furia prestada. Solo tu cuerpo, tu respiración, tu instinto." Hizo girar la lanza de práctica con una fluidez experta. "Muéstrame cómo te mueves cuando todo lo que tienes son tus manos y tus pies. Muéstrame lo que has aprendido a sobrevivir."

  Martín asintió, dejando caer su propia bolsa de suministros fuera del círculo. No tenía un arma de práctica equivalente; su combate siempre había sido una mezcla desesperada de esquivas, bloqueos y golpes contundentes con los pu?os o lo que tuviera a mano. Se colocó frente a Althaea, adoptando la postura de guardia más básica que recordaba de sus breves y brutales lecciones en Oakhaven y Tarnak. Respiró hondo, intentando vaciar su mente del ruido persistente del Guardián y el Arquitecto, concentrándose únicamente en el aquí y ahora: la arena firme bajo sus botas, el aire fresco del complejo, y la figura enfocada y peligrosa de Althaea frente a él, la punta roma de la lanza de práctica apuntando casualmente hacia su centro de gravedad. La danza, una de alcance y agilidad contra reacción y fuerza, estaba por comenzar.

  Sección 2: Danza de Instintos

  Althaea no esperó ninguna se?al formal. Con la misma velocidad explosiva que usaba en la caza, se lanzó hacia adelante, la lanza de práctica trazando un arco bajo y rápido dirigido a las piernas de Martín. No era un ataque para herir, sino para probar su equilibrio, su tiempo de reacción.

  Martín retrocedió instintivamente, el movimiento más un salto torpe que una esquiva elegante. La punta roma de la lanza pasó silbando a centímetros de sus tobillos. Apenas recuperó el equilibrio cuando Althaea ya estaba cambiando el agarre, la lanza ahora una barrera defensiva mientras ella acortaba la distancia, buscando una apertura.

  El combate se convirtió rápidamente en lo que Althaea había predicho: una danza de instintos crudos. Ella usaba el alcance de la lanza con maestría, manteniendo a Martín a raya con fintas rápidas, estocadas a puntos no vitales (hombros, costados) y barridos bajos. Sus movimientos eran económicos, fluidos, cada acción dise?ada para controlar el espacio y forzar un error.

  Martín, por su parte, luchaba por encontrar su ritmo. Sus lecciones de combate habían sido brutales y reactivas, enfocadas en sobrevivir a emboscadas o derribar oponentes más fuertes por pura necesidad. Aquí, en un sparring controlado, su falta de técnica formal era evidente. Bloqueaba las estocadas con los antebrazos (sintiendo el impacto sordo de la madera endurecida), esquivaba los barridos con saltos apresurados, y buscaba desesperadamente una oportunidad para acortar la distancia, para entrar en el rango donde sus pu?os pudieran ser efectivos.

  Varias veces estuvo a punto de lograrlo. Esquivó una estocada alta y se lanzó hacia adelante, intentando agarrar el asta de la lanza o golpear el cuerpo de Althaea. Pero ella era demasiado rápida, demasiado experimentada. Giraba sobre sí misma, usando el impulso para apartar la lanza o para interponer el asta entre ellos, frustrando sus intentos y forzándolo a retroceder de nuevo bajo una nueva lluvia de ataques precisos.

  El esfuerzo físico comenzó a pasarle factura a Martín. Jadear, el sudor pegándole la túnica de entrenamiento a la espalda. Podía sentir la frustración creciendo, una sensación familiar que a menudo precedía a la ira. Entonces, ocurrió. Althaea lanzó una finta alta, seguida de un barrido bajo rapidísimo. Martín saltó para esquivarlo, pero al aterrizar, lo hizo con una agilidad y un equilibrio que no parecían del todo suyos. En lugar de simplemente aterrizar, giró sobre la bola del pie, usando el impulso para lanzarse hacia adelante con una velocidad sorprendente, su pu?o derecho disparado hacia el costado de Althaea.

  Fue un movimiento instintivo, casi inconsciente, un eco de la furia contenida o quizás una adaptación forzada por la presión. La sorpresa cruzó el rostro de Althaea por una fracción de segundo. Tuvo que usar toda su habilidad para desviar el golpe con el asta de la lanza en el último instante, el impacto resonando en la madera.

  Ambos se detuvieron, congelados por un instante en medio de la arena, respirando agitadamente. La velocidad y la precisión del contraataque de Martín habían sido... anómalas.

  Althaea bajó lentamente la lanza, sus ojos ambarinos fijos en Martín, no con enfado, sino con una intensidad evaluadora. "Control, Martín," dijo en voz baja, pero la palabra resonó en el espacio tenso. "Sentí... algo más en ese golpe. No era solo tu fuerza." Hizo una pausa. "Siente tu cuerpo. Tus pies en la arena. Tu respiración. Anclate. No dejes que los ecos te muevan."

  Martín asintió, tragando saliva, consciente del pulso acelerado en sus venas, de la sensación residual de una velocidad que no debería poseer. Cerró los ojos por un momento, respirando hondo, buscando ese centro de calma que había encontrado en el bosque, luchando contra la tentación de dejarse llevar por esos reflejos prestados.

  "De nuevo," dijo Althaea, volviendo a adoptar su postura de guardia.

  El sparring se reanudó, pero el ritmo había cambiado. Martín se movía con más cautela ahora, más consciente de cada movimiento, tratando de discernir entre su propia habilidad y la influencia externa. Althaea también parecía más contenida, sus ataques seguían siendo rápidos y precisos, pero ahora parecían más enfocados en probar su control que en simplemente derribarlo.

  Finalmente, tras varios minutos más de intercambios agotadores, con ambos cubiertos de sudor y jadeando visiblemente, Althaea bajó la lanza. "Suficiente por hoy," declaró. No había un vencedor claro, no había habido un golpe decisivo. Había sido una prueba, una evaluación mutua, y un recordatorio contundente para Martín de la compleja batalla que se libraba no solo en su mente, sino también a través de sus propios músculos y reflejos. Estaba aprendiendo a contener la tormenta interna, pero la tormenta seguía buscando formas de manifestarse.

  Sección 3: Interacción Incómoda

  Recogieron los bastones de práctica y se dirigieron hacia los bordes de la arena, buscando un banco de piedra para tomar un respiro y beber agua. El sparring los había dejado a ambos sin aliento y cubiertos por una fina capa del polvo rojizo de la arena de entrenamiento. Mientras se sentaban, Martín notó que las miradas furtivas que habían recibido al entrar se habían vuelto más directas, menos disimuladas. El combate, aunque solo un entrenamiento, había sido lo suficientemente intenso y peculiar como para atraer la atención.

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  Un peque?o grupo de tres afiliados de Rango C, que habían estado practicando torpemente con espadas de madera en una arena cercana, se acercaron con una falsa indiferencia, deteniéndose a poca distancia como si estuvieran estirando. Eran jóvenes, dos humanos y una semielfa, vestidos con las túnicas sencillas de los rangos inferiores, pero con un aire de arrogancia y ambición que parecía común entre los aspirantes del Gremio en Lumina.

  Uno de los humanos, un muchacho rubio con una sonrisa burlona, miró de reojo a Althaea, que estaba limpiando el sudor de su frente con el dorso de la mano, y murmuró a sus compa?eros, pero lo suficientemente alto como para que Martín y Althaea lo oyeran claramente: "Mira eso... ni siquiera puede seguirle el paso a la Shatra. Y se supone que es algún tipo de... fenómeno."

  La semielfa soltó una risita contenida. "Quizás solo es bueno rompiendo cristales de prueba caros," a?adió, refiriéndose claramente a los rumores que sin duda circulaban sobre el incidente de Martín en la Sala de Resonancia Energética.

  Martín sintió la tensión inmediata en Althaea a su lado; sus hombros se irguieron ligeramente, su mano se crispó cerca de donde descansaba su lanza de combate real. Dentro de la cabeza de Martín, la reacción fue instantánea y dual.

  Guardián: (Un rugido silencioso, una oleada de calor) "?Insolentes! ?Mocosos engreídos que nunca han sentido el barro ni la sangre! ?Haz que se traguen sus palabras junto con sus dientes rotos! ?Ensé?ales el respeto que se debe a un guerrero!"

  Arquitecto: (Frío y analítico como siempre) ?Provocación verbal de bajo nivel. Origen probable: envidia por la atención recibida (anomalía del prestigio) e inseguridad por la presencia de un competidor percibido como no convencional ('Shatra'). Probabilidad de escalada si se responde directamente: 63.8%. Respuesta óptima desde una perspectiva de conservación de energía y minimización de riesgo político: ignorar.?

  Martín respiró hondo, sintiendo ambas corrientes tirar de él. La ira del Guardián era tentadora, fácil. La lógica del Arquitecto era... eficiente. Pero ninguna de las dos se sentía suya. Ignorarlos por completo, como sugería el Arquitecto, se sentía como una concesión, como permitir que el veneno del prejuicio (especialmente hacia Althaea) quedara sin respuesta. Atacar, como rugía el Guardián, era una estupidez que solo les traería más problemas con el Gremio.

  Eligió un camino intermedio.

  Terminó de beber agua y se levantó lentamente, sin prisas. Los tres provocadores, al ver que se movía, intentaron disimular, volviéndose como si fueran a retomar su propio entrenamiento. Martín caminó hacia ellos, no de forma agresiva, sino con una calma deliberada que hizo que se detuvieran de nuevo, incómodos. Althaea se levantó también, permaneciendo un paso detrás de él, su presencia una advertencia silenciosa.

  Martín se detuvo a un par de metros del grupo, lo suficientemente cerca para que no pudieran ignorarlo, pero sin invadir su espacio personal de forma abiertamente hostil. Los miró directamente, uno por uno, su expresión tranquila, casi neutra. Pero sus ojos... quizás conservaban un eco de la intensidad de la meditación, o quizás era simplemente la quietud inusual en alguien que sabían (o rumoreaban) que era volátil. La combinación fue suficiente para que los tres jóvenes tragaran saliva, sus sonrisas burlonas desapareciendo.

  "?Algún problema," preguntó Martín, su voz calmada, nivelada, sin rastro del doble eco pero con un peso inesperado, "que requiera mi... atención específica?"

  El silencio se hizo espeso. Los otros afiliados cercanos fingían no mirar, pero claramente estaban escuchando. El humano rubio que había hablado primero palideció visiblemente. "N-no," tartamudeó, evitando la mirada directa de Martín. "Nada. Solo... comentábamos el clima."

  La semielfa asintió rápidamente, demasiado rápido. "Sí, el clima. Algo... húmedo aquí abajo, ?no creen?"

  Martín sostuvo su mirada sobre ellos por un latido más, un escrutinio silencioso que pareció durar una eternidad. Luego, asintió lentamente, un gesto mínimo, casi imperceptible. "Bien," dijo simplemente.

  Se dio la vuelta sin a?adir nada más y se reunió con Althaea. Juntos, recogieron sus cosas y se alejaron de la arena de práctica, dejando atrás al grupo de afiliados visiblemente sacudidos, que se apresuraron a dispersarse en direcciones opuestas, murmurando entre ellos.

  No había habido gritos, ni golpes, ni magia. Solo una confrontación silenciosa, una proyección controlada de una amenaza latente. Martín no se sentía triunfante, solo cansado. Pero también sintió una peque?a y fría satisfacción. Había elegido su respuesta. Había usado la intimidación, sí, pero de forma quirúrgica, sin perder el control. Era un paso más en el peligroso arte de caminar sobre el filo de la navaja.

  Sección 4: Debriefing Combinado

  El regreso a "El Grifo Sonriente" fue nuevamente silencioso, pero esta vez la quietud estaba te?ida por la reciente confrontación en los Campos de Entrenamiento. La tensión del sparring físico se había disipado, reemplazada por la resonancia incómoda del prejuicio encontrado y la forma en que Martín había decidido manejarlo.

  Una vez en la relativa seguridad de su habitación, la necesidad de procesar ambos "entrenamientos" –el físico y el mental– era palpable. Se sentaron alrededor de la peque?a mesa, el ambiente cargado de pensamientos no dichos. Thorian, que había sido informado brevemente por Althaea sobre el incidente con los otros afiliados al regresar ellos, estaba consultando los datos descargados del registrador que Martín había llevado.

  Fue Althaea quien inició la conversación, su mirada fija en Martín, analítica pero sin juicio. "El sparring," dijo, su voz tranquila. "Eres fuerte, Martín, y tus reflejos son... rápidos. A veces, demasiado." Hizo una pausa, recordando el golpe casi anómalo. "Pero te falta fluidez. Es como si lucharas contra ti mismo tanto como contra tu oponente. Reaccionas con demasiada potencia en momentos inesperados, como si una fuerza ajena tomara el control por un instante, y luego te contienes bruscamente. Necesitas aprender a moverte con el flujo del combate, a sentirlo, no solo a reaccionar a él con explosiones de fuerza."

  Luego, su expresión se suavizó ligeramente, volviéndose más introspectiva al recordar la sesión de meditación. "Y lo de esta ma?ana... con el Guardián." Suspiró suavemente. "Vi el aura roja, como te dije. Contenida, sí. Pero tensa. Vibrante. Como sostener a un lobo de las nieves furioso con una correa de seda muy fina. Sentí la tensión en ti, el esfuerzo inmenso que te costaba mantener esa línea." Lo miró con preocupación genuina. "?Estás seguro de que esto es sostenible? ?De que puedes seguir pagando ese precio cada día?"

  Martín asintió lentamente, absorbiendo sus palabras. Sabía que tenía razón en ambos puntos. "Lo sé," admitió, frotándose las sienes donde sentía una punzada de fatiga mental residual. "En el sparring... sentí esos tirones. Como si algo más quisiera moverse a través de mí, más rápido, más fuerte. Intenté controlarlo." Miró sus manos. "Y con el Guardián... fue exactamente eso. Como tratar de contener una supernova con las manos desnudas. Es... agotador. Más agotador que cualquier lucha física." Pero luego a?adió, con una chispa de determinación en los ojos: "Pero lo hice, Althaea. Por primera vez, lo contuve. No me desbordó. Es un comienzo."

  Thorian levantó la vista de su tablilla de datos, carraspeando. "Los datos confirman ambas observaciones," declaró. "Las lecturas del registrador de proximidad durante el periodo de 'sparring' muestran picos bio-eléctricos erráticos y de alta amplitud en el sujeto Umgi, consistentes con una sobrecompensación neuromuscular y posibles descargas energéticas sub-conscientes no reguladas." Se ajustó las gafas. "Respecto a la sesión de 'infusión energética'..." Consultó otra pantalla. "Los sensores ambientales remotos que dejé discretamente calibrados hacia el bosque detectaron una emisión localizada de energía de Clase 3-Roja, de firma caótico-emocional, fluctuante pero contenida dentro de un radio estimado de 1.5 metros del punto de origen. La disipación fue relativamente rápida tras el cese de la actividad consciente del sujeto."

  Miró a Martín con severidad científica. "Fascinante desde una perspectiva teórica, Umgi, pero reitero mi evaluación: inherentemente inestable y extremadamente peligroso. Estás jugando con la fisión arcana sin un reactor de contención adecuado." Hizo una pausa, considerando. "Dado el estrés neuromuscular observado y la volatilidad energética, sugiero encarecidamente complementar este... 'entrenamiento' con ejercicios rigurosos de disciplina rúnica elemental. Canalizar energía controlada a través de patrones establecidos podría ayudar a fortalecer tus vías neuronales y mejorar el control del flujo energético general, creando una especie de... cortafuegos secundario basado en lógica externa."

  Martín consideró la sugerencia de Thorian. Tenía sentido, en teoría. Pero la idea de a?adir otra capa de complejidad, de intentar aprender la precisión de las runas mientras luchaba por contener el caos interior, le pareció abrumadora en ese momento. "Lo pensaré, Thorian," dijo finalmente, un aplazamiento educado. "Pero ahora mismo, necesito concentrarme en esto. En sentirlo, en contenerlo. Un paso a la vez. Una batalla a la vez."

  La conversación quedó flotando en el aire. Habían analizado, compartido, expresado preocupaciones. No había soluciones fáciles. Solo la cruda realidad de su situación: un camino peligroso por delante, una lucha constante por el control, y la necesidad de confiar el uno en el otro mientras navegaban por las turbulentas aguas internas de Martín y las intrigas externas de Lumina.

  Sección 5: Reflexión y Próximos Pasos

  Un silencio pensativo siguió a las palabras de Martín. La habitación, iluminada por la luz cada vez más tenue del atardecer que se filtraba por la ventana, parecía contener la respiración. Habían diseccionado el día: el peligro controlado de la meditación, la frustrante pero reveladora sesión de sparring, el desagradable roce con la mezquindad cotidiana del Gremio. Cada experiencia era una pieza más en el complejo rompecabezas que era su situación actual en Lumina.

  Althaea rompió el silencio, su voz suave pero firme. "Debes tener cuidado, Martín," reiteró, su mirada seria encontrando la de él. "Cada vez que abres esa puerta, aunque sea un poco, te acercas al fuego. Te fortalece, quizás, pero también te marca." Se inclinó ligeramente hacia adelante. "No olvides el ancla. El bosque. La tierra bajo tus pies. Incluso aquí, en esta ciudad de piedra, busca esos momentos de conexión. Son lo que te mantendrá... tú."

  Thorian, tras guardar su tablilla de datos, asintió a su manera brusca. "La Shatra tiene una base lógica, aunque expresada de forma metafórica. La estabilidad requiere puntos de referencia externos y rutinas consistentes para contrarrestar la entropía interna." Miró los artefactos que descansaban sobre una peque?a mesa auxiliar: la Lente de Resonancia, oscura y silenciosa, y el disco personal de Martín, ahora con su visible cicatriz negra. "Y necesitamos datos," insistió. "Analizar esos artefactos es prioritario para entender la naturaleza de la corrupción de la Astracita y la posible..." Hizo una pausa, buscando la palabra adecuada. "...vulnerabilidad o potencial de tu propio disco. Pero sin el equipo adecuado del Gremio, sin acceso a laboratorios de resonancia de alto nivel... es como intentar descifrar la estructura del universo con un ábaco y dos piedras."

  Martín siguió la mirada de Thorian hacia los objetos. Sentía su atracción silenciosa, la promesa de respuestas y el hedor del peligro que emanaban. Sabía que tenían que investigarlos, pero también sabía que hacerlo de forma precipitada, o bajo la supervisión del Gremio, podría ser desastroso.

  "Lo sé," dijo Martín finalmente, su voz te?ida de cansancio pero también de resolución. "Seguiremos con la rutina por ahora. Un día a la vez." Miró a Althaea. "Entrenamiento mental por la ma?ana, contigo como ancla." Miró a Thorian. "Entrenamiento físico aquí, en los Campos, por la tarde, para mantener el cuerpo conectado." Hizo una pausa. "Intentaremos mantener un perfil bajo, evitar confrontaciones innecesarias como la de hoy." Recordó la mirada de Maelor, la anomalía del prestigio. "Y esperaremos la llamada de Valerius. Por mucho que lo odie, cumplir sus misiones 'delicadas' parece ser el camino más directo hacia el Rango S y la Biblioteca. Nos guste o no, tenemos que jugar su juego... por ahora."

  Se reclinó en su silla, sintiendo el peso de los días venideros. Era una rutina peligrosa, un equilibrio precario. Cada sesión de meditación era un riesgo calculado de perderse en la furia o la lógica ajena. Cada día en Lumina era una prueba de paciencia y discreción bajo la mirada vigilante del Gremio. Pero era un plan. Era una forma de avanzar, de intentar tomar el control en medio del caos.

  Miró el disco da?ado sobre la mesa, la cicatriz negra un recordatorio constante de la corrupción que había tocado su núcleo. "Y mientras esperamos," a?adió en voz baja, casi para sí mismo, "quizás podamos empezar a mirar ese disco. Con cuidado. Ver qué secretos nuevos... o qué viejas heridas... guarda ahora."

  La habitación quedó en silencio de nuevo, pero esta vez era un silencio de propósito compartido, de aceptación de los desafíos inmediatos. La cena, la cerveza, el sue?o... serían bienvenidos. Pero sabían que eran solo una tregua. La verdadera prueba, la danza constante con las sombras internas y las intrigas externas, continuaría con la salida del sol.

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