El invierno de 2017 en Siberia no era simplemente una estación meteorológica; era una sentencia de aislamiento absoluto, una entidad viva que devoraba cualquier rastro de calor con una voracidad implacable. En aquel peque?o pueblo remoto, cuyos nombres ni siquiera figuraban en los mapas modernos, las casas de madera crujían bajo el peso de una nieve que parecía no tener fin, como si el cielo mismo se estuviera desmoronando en fragmentos blancos, pesados ??y asfixiantes. El silencio habitual de la estepa, ese que solo es interrumpido por el silbido del viento, se volvió repentinamente espeso, saturado por un hedor que no pertenecía a ese mundo: una mezcla nauseabunda de azufre quemado y ozono eléctrico, el perfume de una tormenta que no traía agua, sino destrucción.
Sasha, una ni?a de apenas siete a?os, corría con una desesperación que superaba su capacidad física. Su cabello, negro como el ala de un cuervo, se agitaba violentamente contra su rostro, y sus ojos, tan oscuros como el fondo de un pozo, buscaban una salida en un paisaje que se volvía borroso por las lágrimas y la ventisca. Su corazón golpeaba sus costillas como un pájaro enjaulado, un ritmo frenético y doloroso que era lo único que la mantenía consciente frente al frío que empezaba a morderle los pómulos con dientes de cristal.
Hacía apenas unos minutos, su hogar había dejado de ser un refugio. El pueblo había sido invadido por una pesadilla técnica y biológica: un grupo de monstruos antropomórficos que parecían murciélagos mutantes. Eran criaturas de piel curtida, de un color gris ceniciento, con alas membranosas que se desplegaban con un sonido similar al metal oxidado chocando entre sí. No buscaban comida, ni los escasos suministros del pueblo, ni riquezas humanas; sus ojos, inyectados en una luz roja artificial y eléctrica, escaneaban el terreno con una seda tecnológica. Movían sus cabezas de forma espasmódica, como drones orgánicos buscando un tesoro oculto bajo el permafrost desde hacía eones, algo que la humanidad había olvidado pero que ellos rastreaban con una precisión quirúrgica y una violencia mecánica.
La invasión y el estruendo de la lucha —el sonido de la madera astillándose y los gritos ahogados por el viento— habían provocado lo que todos en la monta?a temían desde que el primer colono puso un pie en aquellas tierras: la tierra misma se desprendió. Una avalancha colosal, una muralla de blanco absoluto y millas de toneladas de peso, descendió desde las cumbres con un rugido que silenció incluso los chirridos de los monstruos. Era una fuerza primordial, una ola de muerte fría que no distinguía entre víctimas y verdugos.
Sasha, impulsada por un instinto de supervivencia que no sabía que poseía, una chispa antigua grabada en su ADN, había logrado cruzar los límites del pueblo justo a tiempo. El borde de la marea blanca rozó sus garras con una caricia mortal, pero no logró arrastrarla. Sin embargo, al girarse, el vacío la golpeó más fuerte que el frío. El pueblo ya no existía. No había casas, ni humo de chimeneas, ni voces. Solo un manto uniforme de nieve muerta, un sudario perfecto y silencioso que cubría todo su pasado bajo metros de hielo.
Su madre, Hikari, no estaba a su lado. Se había quedado atrás, una silueta peque?a pero inquebrantable frente a las sombras aladas. Sasha podía ver aún, en el teatro de su memoria, cómo su madre enfrentaba a esas criaturas con una valentía desesperada, distrayéndolas con movimientos ágiles para que su hija tuviera una oportunidad de vivir. Sasha grababa sus últimas palabras, grabadas a fuego en su mente mientras el frío empezaba a entumecer sus extremidades y el mundo se regresaba blanco:
—?Corre, Sasha! No hay nada atrás. No te detengas por nada de lo que escuches. Te alcanzaré en unas horas, o quizás ma?ana al amanecer. Espérame en el valle cercano, allí estaráé... lo prometo.
Esa promesa era el único hilo de calor al que Sasha se aferraba. Se encontraba ahora sola, una peque?a mancha oscura en medio de la inmensidad blanca, caminando hacia el valle con la esperanza de que el amanecer trajera de vuelta la única luz que conoció en su mundo. Pero a medida que se adentraba en la inmensidad, el mundo comenzó a cerrarse sobre ella con una hostilidad renovada. No habían pasado ni quince minutos cuando el viento, que antes era un silbido lejano, se transformó en un aullido feroz, un muro de aire que la empujaba hacia atrás, robándole el aliento de los pulmones. La visibilidad desapareció, devorada por una tormenta de nieve repentina que surgió de la nada, como si la naturaleza misma quisiera borrar su rastro de la faz de la tierra.
Sasha intentó protegerse el rostro con sus peque?as manos enguantadas, pero el frío era un cuchillo que atravesaba la lana, la piel y los músculos. Perdió el rumbo casi de inmediato. Sin embargo, en medio del pánico y el agotamiento, una sensación de déjà vu comenzó a envolverla, una confusión que era casi más aterradora que el propio frío. Todo esto —la invasión de los monstruos, el sacrificio de Hikari, la avalancha y ahora esta tormenta cegadora— ya lo conocía. Cada ráfaga de nieve parecía un fotograma de una película que ya había visto.
Todo estaba pasando exactamente como en el sue?o que la había perseguido durante la última semana. En sus pesadillas, el cielo siempre se volvió de ese color gris plomo antes de la tragedia, y el aire siempre supo un metal frío. En su mente infantil, Sasha repasaba las imágenes con una precisión matemática: cada detalle del paisaje oculto tras la tormenta coincidía con sus visiones nocturnas. Y, según su sue?o, lo único que faltaba para completar la secuencia era que apareciera él.
—El lobo… —susurró con los labios partidos por la escarcha, su voz apenas un suspiro que el viento devoró al instante.
Casi como una respuesta a su pensamiento, entre las ráfagas de nieve blanca y la luz azulada que filtraban las nubes de la tormenta, una silueta comenzó a tomar forma. No era una alucinación producto de la hipotermia. A pocos metros de ella, se materializó un lobo blanco de un tama?o imponente, cuya estatura desafiaba las leyes de su especie. Su pelaje no era de pelo común; El tejido parecía con hilos de diamante que refractaban la escasa luz del entorno, emitiendo un brillo sutil pero constante. Pero lo más impactante eran sus ojos: dos glaciares profundos, orbes de un azul eléctrico que brillaban con una inteligencia antigua, serena y absolutamente consciente.
En sus sue?os, el lobo siempre le decía lo mismo sin necesidad de abrir las fauces, una comunicación que vibraba directamente en su mente: "Sígueme".
Los días se volvieron borrosos, una sucesión interminable de pasos sobre la nieve y noches de tiritar bajo las raíces de árboles muertos. Sasha pasó casi una semana perdida en ese desierto blanco, sobreviviendo por lo que solo podría describirse como un milagro o una intervención del destino. Estaba herida; las ramas de los pinos habían rasgado su ropa y el frío había empezado a quemar su piel, dejando marcas rojas que dolían como fuego. Pero no se rendía. Cada vez que sus fuerzas flaqueaban y sentía el impulso de dejarse caer en la nieve para dormir el sue?o eterno de los congelados, la silueta del lobo aparecía a la distancia, observándola.
él nunca se acercaba demasiado, nunca le ofreció el calor de su cuerpo, pero tampoco la abandonaba. Era una brújula de carne y nieve que la obligaba a poner un pie delante del otro, guiándola con una insistencia silenciosa hacia un destino que solo él conocía. Sasha caminaba alimentada por el recuerdo de la promesa de su madre, un peque?o fuego que mantenía encendido en el centro de su pecho, repitiendo para sí misma que Hikari la encontraría al amanecer, aunque el sol llevara días sin aparecer tras las nubes.
La caminata se extendió por tres días más, un tiempo que para Sasha ya no se medía en horas, sino en el ritmo agónico de su propia respiración. El mundo exterior se había convertido en un sudario blanco, pero ella no se detenía; el lobo blanco era ahora su única realidad, el único punto de contraste en un universo de vacío. Finalmente, tras bordear la falda de un macizo imponente que parecía sostener el cielo, el animal se detuvo ante una grieta en la base de un acantilado de piedra negra.
La entrada era una boca estrecha y opresiva, apenas lo suficientemente ancha para que un adulto pudiera cruzarla gateando. Era un umbral oscuro que parecía prometer solo más frío. Sin dudar, el lobo se deslizó hacia la oscuridad. Sasha, con las manos entumecidas y las rodillas temblando por el esfuerzo, imitó su movimiento, arrastrándose por el túnel de roca fría. Sus dedos buscaban agarre en la piedra húmeda, y por un momento el miedo a quedar atrapada la paralizó. Pero la luz que empezó a filtrarse desde el otro lado no era la luz gris de Siberia.
Sasha se puso en pie al salir del túnel, boquiabierta, ignorando por un momento el dolor lacerante de sus heridas. Aquello no era una cueva. Ante ella se extendía un bosque encantado que parecía arrancado de las páginas de un cuento de hadas antiguo, una bolsa de realidad preservada fuera del tiempo. El aire allí no era gélido, sino cálido y perfumado con el aroma de flores que nunca habían visto el sol siberiano; olía a jazmín, a tierra húmeda y a una pureza que no existía en el mundo exterior. árboles de troncos plateados se elevaban hacia un cielo que brillaba con una luz propia, suave y etérea, de un tono lavanda suave. Sasha juraría haber visto peque?as luces parpadeantes —diminutas hadas o espíritus del bosque— revoloteando entre los helechos de colores vibrantes que cubrían el suelo.
A pocos metros, el lobo blanco la esperaba, observándola con esos ojos de glaciar que ahora, en la calma del bosque, parecían menos feroces y más protectores. Sasha lo siguió con cautela, caminando sobre un musgo tan suave que parecía una alfombra de seda, hasta llegar a un claro perfecto. En el centro, un peque?o lago de aguas tan cristalinas que permitían ver el fondo lleno de gemas naturales reflejaba la luz del lugar con una pureza absoluta.
Sobre la superficie del agua, caminando con una gracia que desafiaba la gravedad, se encontraba una hermosa cierva. Su pelaje era de un blanco tan puro que hacía que la nieve del exterior pareciera sucia en comparación, y sobre su cabeza lucía una cornamenta majestuosa que brillaba como si estuviera forjada en el oro más fino del universo. Cada paso que daba sobre el agua creaba círculos de luz dorada, pero sus pezu?as no se hundían; caminaba sobre el lago como si fuera tierra firme.
Sasha se quedó paralizada cuando vio al imponente lobo blanco inclinar la cabeza y doblar sus patas delanteras en una reverencia solemne ante la criatura. En ese momento, la cierva giró su cabeza hacia ellos. Sus ojos rebosaban una sabiduría milenaria y una compasión que envolvió a la ni?a como un abrazo cálido, secando instantáneamente las lágrimas de frustración que aún quedaban en sus mejillas.
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—Gracias por traerla, Fenrir —dijo la cierva.
Su voz no era un sonido físico, sino una melodía maternal que resonó no solo en el claro, sino en lo más profundo del pecho de Sasha, calmando instantáneamente el terror y el cansancio que la habían perseguido durante la última semana.
Aeterys, sin descender del espejo de agua, inclinó ligeramente su cornamenta dorada hacia la ni?a. De las puntas de sus astas brotó un rayo de luz blanca y cálida que envolvió el cuerpo de Sasha. Al contacto con esa energía, ocurrió el milagro: el dolor punzante de la congelación desapareció como si nunca hubiera existido, las heridas abiertas en su piel se cerraron sin dejar cicatriz y el agotamiento que arrastraba desde Siberia se evaporó, reemplazado por una vitalidad que Sasha nunca había sentido en su corta vida.
—Yo soy Aeterys —dijo la cierva con una voz que parecía brotar de la tierra misma—, la Diosa de la Vida, Madre Vida para aquellos que florecen bajo mi manto. Soy uno de los miembros de la Trinidad del Destino.
Sasha, tocándose los brazos ahora sanos y parpadeando con curiosidad ante la magnitud de lo que escuchaba, se atrevió a preguntar con voz temblorosa:
—?La Trinidad del Destino? ?Qué es eso? ?Usted conoce a mi mamá?
Aeterys caminó con parsimonia sobre el lago, y a medida que avanzaba, el aire a su alrededor comenzó a ondular, proyectando imágenes vívidas en el claro, como si el espacio mismo fuera una pantalla de cine.
—Somos los responsables del ciclo de la existencia, peque?a. Tres fuerzas que permiten que el universo se mueva, se cree y se transforme. Yo soy la vida, el crecimiento y la renovación; y ellos... —la cierva hizo un gesto y la luz formó dos figuras imponentes y sobrecogedoras a su lado, manifestaciones de un poder que hizo que las flores del claro se inclinaran.
Sasha observó con un terror contenido la imagen de Moros. Era un ser esquelético y colosal que parecía no pertenecer a ningún plano conocido por los hombres. Su cráneo era una calavera única, pulida y blanca, con cuatro cuencas vacías donde danzaban peque?as llamas moradas a modo de pupilas, reflejando la oscuridad del cosmos y el frío del vacío. De su cabeza brotaban cuatro cuernos: dos peque?os que apuntaban hacia el frente como dagas, y dos grandes y monstruosos que se curvaban hacia atrás como las raíces de un árbol maldito. Envuelto en una túnica de sombras líquidas que parecía devorar la luz que lo rodeaba, sostenía una guada?a de hueso con una hoja morada que vibraba con un susurro eterno, un sonido que recordaba a miles de voces que se desvanecían en el silencio. Moros era la quietud final, el fin de todas las cosas, y su mera imagen proyectada imponía un respeto que paralizaba el aire.
Al lado de la muerte, la luz se volvió plateada y vibrante para mostrar a Orión.
—Para asegurar el equilibrio —continuó Aeterys con voz solemne—, el gran Xary realizó un acto de alquimia cósmica. Tomó una parte de mi esencia radiante y una porción de la fría esencia de Moros. De esa amalgama de vida y muerte, de principio y fin, nació Orión, el Búho Cósmico.
Sasha contempló al majestuoso búho de plumaje plateado y estilizado. Sus alas parecían contener las constelaciones del firmamento, y su mirada era tan profunda que Sasha sintió que él ya conocía cada pensamiento que ella tendría en su vida. Aeterys le explicó que Orión es el mensajero del cosmos, una entidad que no interviene directamente en los conflictos, sino que manifiesta verdades ineludibles. él simboliza el punto exacto donde el libre albedrío de la vida colisiona con la fatalidad de la muerte. Es el único capaz de hablarle al subconsciente de cualquier ser finito a través de sue?os proféticos, sembrando las semillas de lo que debe ser.
—Cuando Orión aparece en un sue?o, como el que tuviste hace una semana en tu aldea —sentenció Aeterys solemnemente—, la visión no es una posibilidad entre muchas, sino una estampa de la verdad cósmica. Lo que él muestra se vuelve ineludible, pues el destino es su dominio. Ni siquiera los dioses planetarios pueden escapar de su juicio o de sus visiones. Solo las entidades primarias como Khaosys, Noctyss, Moros y yo misma estamos fuera de su alcance, pues existíamos antes de que el destino fuera escrito en las estrellas.
Sasha miró la figura plateada del búho y recordó la precisión con la que todo había ocurrido en Siberia. Entendió entonces que no estaba allí por azar, ni porque fuera una ni?a con suerte, sino porque su camino ya había sido sellado por el plumaje de plata de Orión mucho antes de que naciera.
Aeterys caminó hacia la orilla del lago, sus pezu?as de oro apenas rozando el agua, hasta quedar frente a frente con la ni?a. La calidez que emanaba la cierva era tan intensa que Sasha olvidó por completo el invierno siberiano que rugía más allá de las paredes del acantilado.
—Sasha —dijo la Madre Vida, y su voz hizo vibrar las flores del claro, que se abrieron de par en par—, te he traído aquí porque tu destino no terminó bajo la nieve de tu aldea. Tu supervivencia fue necesaria. Si aceptas, tu misión será convertirte en la Ranger del Hielo. Deberás ayudar a la Princesa Diana a encontrar a los seis Elementales para proteger al universo de fuerzas oscuras que buscan alterar el equilibrio absoluto. Su objetivo es manipular el Cometa Catalizador.
Sasha escuchaba en silencio, procesando nombres y conceptos que parecían demasiado grandes para su peque?a mente. El peso de la responsabilidad era como una monta?a sobre sus hombros.
—El Cometa Catalizador es un astro mítico —continuó Aeterys, proyectando en el aire la imagen de una estela de luz pura que surcaba el espacio infinito—. Impacta en los mundos cada diez mil a?os terrestres aproximadamente. Su función es sagrada: revitaliza los planetas, restaurando la energía natural y asegurando que la vida continúe floreciendo contra la entropía. Pero es una fuente de poder que, en manos equivocadas, podría ser usada para reescribir la creación misma, borrando la vida o la muerte según el capricho de quien lo controle.
La cierva caminó en círculos sobre el agua, y la proyección de luz cambió de nuevo, mostrando seis siluetas antiguas, rodeadas de un aura primigenia y poderosa.
—Hace millones de a?os, mucho antes de que existiera la primera generación de Rangers y de que las seis gemas fueran talladas por las manos del maestro hechizero, el equilibrio descansaba en seis individuos. Ellos no eran guerreros con armaduras; ellos eran los Elementales: las encarnaciones vivas del Fuego, el Hielo, el Dulce, el Viento, la Oscuridad y la Luz. Esos seis seres definían las eras con su sola existencia. Cuando los seis morían, la era terminaba; cuando reencarnaban en nuevos cuerpos, una nueva era comenzaba. Era el latido del universo mismo, un ritmo perfecto.
Sasha observó cómo las seis siluetas se desvanecían en una neblina gris, dejando un vacío visual que le dolió en el alma.
—Pero un día —la voz de Aeterys se volvió sombría y pesada—, sin explicación aparente, los Elementales dejaron de reencarnar. El ciclo se rompió y el universo entró en un largo silencio, un estancamiento espiritual. Mucho tiempo después, en el reino de Solaris, aparecieron los primeros Rangers Elementales para intentar suplir ese vacío de poder, usando tecnología y gemas para canalizar lo que antes era natural. Sin embargo, curiosamente, en aquel entonces solo surgieron cuatro: Fuego, Hielo, Dulce y Viento. La Oscuridad y la Luz permanecieron perdidas... hasta ahora, cuando las sombras se alargan más que nunca.
Aeterys fijó su mirada en los ojos negros de Sasha, que ahora reflejaban la luz de las estrellas proyectadas y la majestad de la diosa.
—Tú eres la elegida para portar el frío que preserva y protege, no el frío que mata sin sentido. Pero ser una Ranger significa que el destino de los Elementales, y el del propio Cometa, descansará sobre tus manos. Es un peso que ningún ni?o debería cargar, pero el destino no siempre es justo.
Sasha retrocedió un paso, con el aliento entrecortado. Las palabras de Aeterys pesaban más que toda la nieve de Siberia. El miedo a fallar, la sorpresa de su importancia y una duda paralizante se libraron en su interior durante lo que pareció una eternidad; media hora de silencio absoluto en aquel claro, donde solo se escuchaba el latido apresurado de su peque?o corazón y el suave murmullo del lago. Sasha pensó en su madre, en la promesa de encontrarse al amanecer. Entendió que si el mundo se acababa, ese amanecer nunca llegaría. Finalmente, con los ojos empa?ados pero llenos de una determinación nacida del sacrificio de Hikari, Sasha asintió con firmeza.
—Acepto —susurró, con la voz todavía temblorosa pero ganando fuerza en cada sílaba—. Haré lo que sea necesario.
En ese instante, el lago cristalino comenzó a vibrar con una frecuencia que hizo cantar a las piedras del fondo. Desde el centro exacto, justo donde Aeterys había estado de pie, emergió un brillo azulado tan intenso que eclipsó la luz lavanda del cielo. Una gema se manifestó, elevándose lentamente hasta flotar frente a la ni?a. Su apariencia recordaba a una piedra de hielo de leyendas antiguas, tallada con facetas perfectas, pero su sola presencia emitía un poder infinitamente superior a cualquier objeto material. Era una presión gélida que no enfriaba el cuerpo, sino que hacía que el aire mismo a su alrededor se cristalizara en hermosos y complejos patrones geométricos que flotaban en el vacío.
Sasha extendió una mano temblorosa, con los dedos todavía peque?os y frágiles, y al rozar la superficie helada de la gema, el mundo explotó en un torbellino de luz azul. Fue envuelta instantáneamente por una columna de hielo y nieve que giraba a velocidades increíbles. El frío no la da?ó esta vez; la reclamó como suya. Sintió cómo sus huesos se alargaban, cómo sus músculos se tensaban y cómo su mente se expandía para albergar conocimientos que no le pertenecían.
Cuando la ventisca se dispersó con un suspiro de escarcha, la peque?a ni?a de siete a?os había desaparecido. En su lugar, una mujer de unos veinte a?os de edad se mantenía erguida con una gracia salvaje y una presencia imponente. Su apariencia física había mutado por completo, adaptándose al poder de la gema: ahora poseía una larga y lacia cabellera de un color plateado puro que caía por su espalda como una cascada de luz lunar. Su piel era blanca como la nieve virgen, perfecta y fría al tacto. De su cabeza brotaban unas alertas orejas de lobo, cubiertas de un pelaje plateado, mientras que una espesa y majestuosa cola del mismo animal se agitaba tras ella, dándole un aire de depredador noble.
Vestía un sujetador deportivo de un color celeste vibrante, adornado con patrones de copos de nieve en plata, una prenda que apenas lograba contener sus ahora enormes y firmes senos, símbolo de su madurez física forzada por la magia. Completando su atuendo, llevaba unos ajustados pantalones de color azul hielo que moldeaban sus largas y fuertes piernas, terminando en unas botas de tacón de aguja que, a pesar de su apariencia frágil, pisaban el musgo con una firmeza sobrenatural. En su cintura destacaba un cinturón con un emblema de copo de nieve tallado en zafiro y, rodeando su cuello, una gargantilla negra con una peque?a gema azul que brillaba con una luz pulsante, el corazón de su poder.
Sasha —o lo que quedaba de su conciencia infantil atrapada en ese cuerpo de mujer— observó sus manos, ahora largas y elegantes, y sus nuevas curvas con una sorpresa total. Se tocó el rostro, sintiendo los pómulos definidos y la fuerza inmensa fluyendo por sus venas como si el mismo invierno siberiano hubiera sido domesticado dentro de ella.
—Esta es tu forma Ranger —explicó Aeterys, observándola con una mezcla de orgullo y tristeza—. Es el recipiente de tu poder y tu escudo contra la oscuridad. Pero debes saber algo vital, Sasha: no podrás volver a tu forma civil, no todavía. He puesto un sello sobre tu transformación, bloqueándola en este estado.
Sasha la miró confundida, intentando acostumbrarse a la nueva perspectiva que le daba su altura. Su voz, ahora más profunda y melodiosa, salió con un tono de extra?eza:
—?Por qué? ?No puedo volver a ser yo misma?
—No es seguro que una ni?a peque?a recorra sola los páramos nevados de este mundo ni que enfrente lo que vendrá —continuó la Diosa de la Vida, acercándose a ella—. Esta forma te otorgará la protección, la resistencia y la fuerza necesarias para sobrevivir a las amenazas que ya te están buscando. Los monstruos que viste en tu aldea son solo la vanguardia. Mantendrás esta apariencia de mujer, esta forma de Ranger del Hielo, hasta que encuentres el camino que te llevará a tu verdadero destino: el camino que te conducirá a reunirte con los otros Rangers en las tierras de Nicaragua, al otro lado del océano. Solo cuando estés a salvo con tus aliados y en la senda correcta del destino, el sello se romperá y recuperarás lo que el tiempo te ha arrebatado prematuramente.
Sasha ascendió, sintiendo el peso de la gema en su gargantilla. No sabía cómo llegaría a un lugar llamado Nicaragua, ni cómo usaría la fuerza que sentía en sus pu?os, pero mientras miraba hacia la salida de la cueva, supo que el invierno ya no era algo a lo que temer. Ahora, el invierno era ella.

